La frontera de la región del Río Cuarto.
Obertura para una discusión desde la Historia
cultural.
María Rosa Carbonari
UNRC
En las dos últimas décadas
del siglo XX, historiadores de diversas partes del mundo comenzaron a plantear
que la investigación histórica ya no se correspondía a las condiciones sociales
y políticas contemporáneas[1].
La concepción científica que en el centro de la historiografía colocaba tanto
las acciones relevantes (muy marcada en la primera mitad del siglo) como las
impersonales, estructuras o procesos económicos de la sociedad (muy
significativa en las décadas 60 y 70 del siglo XX), comenzaron a derrumbarse.
Iggers (1998), por ejemplo, comentaba que, en ese contexto, la disciplina
Historia había generado nuevas estrategias
de investigación, fundamentalmente con el aporte e importación de abordajes
y premisas teóricas de otras ciencias sociales, lo que fue derivando en
propuestas de proyectos "multi", "pluri", "trans"
y/o interdisciplinares[2]. Desde esa perspectiva la discusión y diálogo
con las distintas corrientes de pensamiento posibilita explorar ideas teóricas
y prácticas de indagación histórica que contribuyen tanto a un ejercicio de
investigación histórica renovada como a la comprensión de la realidad actual en
su diversidad cultural.
Se procura, entonces,
profundizar sobre axiomas teóricos y propuestas metodológicas surgidas por el
contacto con las otras ciencias sociales que amplían la forma de operar de la
propia historia y abren otros interrogantes. Ello, con la pretensión de obtener
una comprensión de la sociedad en relación a los problemas que se plantean
desde el presente.
En la región de Río Cuarto,
particularmente desde mediados de la década de los 90, se vienen realizando
trabajos que procuran conocer fundamentalmente la estructura de una población
rural y fronteriza[3]. Con la
intención de continuar en esa línea y ampliar la comprensión del espacio de
estudio, se plantea ahora indagar sobre las
relaciones fronterizas que tienen lugar. Interesa, por ejemplo, conocer los
movimientos migratorios de la frontera sur e identificar los sujetos sociales
particulares que transitaban ese espacio e incluso traspasaban los muros de sus
fronteras[4].
En investigaciones anteriores, fuentes cuantitativas
como los censos permitieron realizar una investigación serial sobre la
población que habitaba la región integrada a la sociedad hispano-criolla[5]
y posibilitaron identificar algunos nombres con sus actividades económicas, su
participación social y política y descubrir la red de relaciones que
conformaban los grupos sociales de poder en ese contexto de sociedad fronteriza
(Carbonari y Baggini, 2000). En ese marco, sin embargo, escasos son los datos
que se tienen respecto a la población que fue a habitar del otro lado de la
frontera, aunque esas mismas fuentes proporcionan algunas señales a las que hay
que considerar.
En ese sentido, este nuevo enfoque pretende partir de
“indicios” y “fragmentos” del pasado, datos aislados y dispersos en distintos
repositorios. La historia de vida, por ejemplo, posibilita rescatar no solo lo singular sino también explicar
como funciona y se reproduce una sociedad en un determinado contexto
económico-social, dado que los sujetos actúan dentro de una estructura que los
condiciona sin que necesariamente sean
conscientes de ello.
Para este abordaje se plantea partir de un pequeño
fragmento y a través de pruebas, testimonios y vestigios avanzar sobre el
hilván de una historia verosimil. De esta manera se accede a una realidad que,
por principio, es opaca, impenetrable, con la intención de restituir su pasado
a través de los signos que se buscan decodificar. Desde esta perspectiva se
permite partir de afirmaciones puramente
conjeturales, es decir, sin ninguna base empírica que en primera instancia
las respalde, para rescatar fundamentalmente la singularidad por encima de la
representatividad.
Por su vez, en un estudio microanalítico de este tipo se pueden observar
aquellas formas de integración económica, social y política, así como el
protagonismo de los individuos que actúan en esos espacios específicos,
buscando descubrir la trama a partir de la cual resulte posible obtener un
croquis gráfico de la red de relaciones sociales en la que esos personajes se
integran. Es decir, reconstruir la red de relaciones que forma ese agregado
social, sin olvidar el contexto en el que toma sentido esa espacialidad
fronteriza y comunicacional.
Desde esta perspectiva, entonces, el enfoque clásico
del enfrentamiento dual entre grupos deja de tener centralidad explicativa
primordial y se pasa a observar las relaciones de larga duración de convivencia
y conflicto, así como a pensar -como dice Burke- "en grados de
distancia cultural". De ese modo, dirá el autor, se adquiere "una doble
visión: ver a los individuos del pasado diferentes a nosotros, pero, al mismo
tiempo, como nosotros en su humanidad fundamental" (1999: 243).
Interesa,
entonces, aproximarse particularmente a reconstruir el diálogo cultural y la
pluralidad de voces que se manifiestan en el pasado de un espacio concreto para
comprender la trayectoria de esos grupos sociales en el tiempo. Por otra parte,
se avanza en una historia regional que muestra las relaciones que escapan a los
planteos clásicos de la historia nacional o la correspondiente a los espacios
de las historias provinciales.
El espacio de la región de Río Cuarto, como otras
áreas fronterizas de la "civilización", fue el confín de la
producción de un ambiente occidentalizado. El mismo se constituyó a partir de
la resistencia de naciones indias al dominio del Imperio Español en América,
donde la construcción de una frontera espacial fue también, tomando las
palabras de Humberto Eco, "principio
de determinación". En ese sentido la ideología de un imperio español,
como de otros imperios, se basaba en la necesidad de determinar las fronteras
y, más allá de los confines, negociar tratados y construir alianzas móviles e
imprecisas. Pero cuando se acaba el imperio deja de ser clara esa noción de
frontera, por cuanto sin un centro que defina la periferia, esta se torna
insegura y maleable (Eco, 1989: 26, 27).
Estos espacios, al mismo tiempo que marcaron el "limen"
geográfico de un dominio, línea geométrica entre lo propio y lo ajeno, y por
tanto de una representación cultural acorde a cada lado de la marca, fueron
espacios dinámicos y de continuo intercambio económico y cultural. Franjas
inestables, en permanente movimiento, que dieron lugar a enfrentamientos entre
grupos antagónicos, así como también a negociaciones, convivencia y permutas
entre prácticas culturales disímiles.
Sin embargo, las historias
construidas desde una perspectiva justificadora del pasado fueron elaboradas a
imagen y para legitimidad de una de las partes de los grupos involucrados en la
lucha por el control del espacio. Sus relatos se identificaron con la historia
de la civilización cristiana en la época colonial y del progreso emergente del
siglo XIX y por ende del proceso civilizatorio occidental.
Así, la mirada unidireccional
de ese proceso suprimió el observar de brechas de convivencia y de
negociaciones y definió límites fijos, rígidos de exclusión para dar cuenta
clara de una separación mental del contacto que para una de las partes era
ideológicamente inaceptable. Pero ello no se correspondía con la realidad
histórica, la región del Río Cuarto fue espacio marginal-límite primero (siglo
XVI y XVII) y formó parte de la frontera-interior luego (siglo XVIII y XIX),
por lo que su historia en particular no puede quedar al margen de esta
impronta.
Se sabe que desde finales del
siglo XVIII, la política de poblamiento a la Frontera Sud que abarcaba parte de
Córdoba, San Luis y Mendoza, posibilitaba el traslado de poblaciones del norte
de la jurisdicción de Córdoba del Tucumán hacia la frontera: tanto de familias
criollas para el control militar como familias indias y mestizas generalmente
campesinas en busca de alternativas de sobrevivencia. También los llamados
“vagamundos”, u ociosos, eran obligados a dejar las zonas pobladas y habitar la
frontera, pero muchas veces iban a vivir más allá de la misma, a “tierra
adentro”. Las convulsiones producidas por el movimiento revolucionario iniciado
a inicios del siglo XIX también arrastraría, ahora por problemas políticos, a
traspasar los límites de la frontera. En ese contexto, resulta posible
identificar grupos sociales o trayectorias de vida que escapan a un relato de
historia nacional y/o provincial convencional.
¿Cómo dejar, entonces, de ver el espacio de frontera
como borde o periferia para tratar de transformarlo en centro de explicación?
¿Cómo completar el otro lado de la frontera para comprender en su dimensión
polifónica el fenómeno fronterizo? ¿Cómo ampliar el horizonte de comprensión,
sumado a las jerarquías y desigualdades de una sociedad colonial de frontera,
las propias estructuras socio-culturales de las naciones que mantienen
relaciones de negociación, de conflicto o de amistad temporaria? ¿Cómo inciden
las transformaciones dadas por la desestructuración del orden colonial y la reestructuración
del nuevo orden en el espacio que se mantiene fronterizo? ¿Con qué registros
contamos que permitan acceder a construir una historia de frontera más
verosimil?
Para aproximarnos a una respuesta a estos
interrogantes dentro de la perspectiva de una historia cultural y contando con
fuentes fragmentarias y dispersas, es posible rescatar e ilustrar trayectorias
individuales y colectivas de casos de “mestizos fronterizos”. Estas figuras que
vivieron en doble pertenencia de identidad: aindiados, fugitivos, desertores, y
también cautivos/as tanto criollo/as como indio/as, son claves para el
entendimiento de ese espacio y sus convivencias y conflictos. Ellos son los que
van a tener una funcionalidad específica en la conexión entre estos dos mundos.[6]
Este tipo de casos ha sido estudiado para la frontera
bonaerense por Mayo y Latrobesse
(1998), Villar y Jiménez
(1997), Socolw (1987) y también en la
frontera andina por Saignes (1989).
Así, el análisis de las trayectorias de vidas individuales que han quedado
registradas son, desde una perspectiva metodológica, la llave que permite
enfocar las fricciones destacadas.
Para el Río Cuarto, el conflicto de vivir en dos
mundos se presenta como un pedazo de esa historia en una de las víctimas de la
frontera, Francisca Bengolea. A
comienzos del siglo XIX, Francisca da su testimonio cuando eleva una nota al
Marqués de Sobre Monte, expresando su situación: “Cautiva q.e fui de estos indios fronterizos en tierna
edad y criada con el cacique Currigtipay hijo de Ricinquenan...” [7].
Francisca pertenecía a la cuarta generación de una
familia española (más precisamente del país vasco) [8],
que había arribado al espacio cordobés a comienzos del siglo XVIII,
transformándose sus descendientes en militares y hacendados en la región de Río
Cuarto[9].
Particularmente Narciso de Bengolea, su tío, propietario de tierras en la
región[10],
había actuado en lo que se denominaba "entradas" al territorio de los
indígenas. Su hermano Silverio de Bengolea, padre de Francisca, fue muerto por
los indios en lo que denominaron el "malón" al río Cuarto, en el año
1775. En dicha oportunidad los indios atacaron el Fuerte Punta del Sauce y el
paraje San Bernardo. El Comandante Silverio Bengolea y su esposa fueron muertos
y parte de la población fue llevada en cautiverio. A la tragedia se agregaron
pérdidas causadas por saqueo y por el arreo de las haciendas robadas. El desaliento y el miedo llevó a que la zona de
despoblara, según lo testimonian los documentos de la época[11],
Ramón Medina, vecino de la frontera, transmitía el escenario trágico de la
frontera desde la mirada española:
“... el día 1 de setiembre invadieron los
indios infieles dicha Frontera del Rio 4º haciendo destrozo considerable, hasta
aquí nunca experimentado, pues mataron de 17 a 18 personas, cautivaron a mas de
50 entre hombres y mujeres y niños de todas las edades y además de eso han
desolado gran parte de aquel río, llevando crecido número de hacienda, cuyo
número se ignora... los indios maloqueron emplearon todo el dia en pasar de
esta banda del Río 4º a la otra el botín de gente y ganado; que a 800 llegaban
las ovejas llevadas [12].
Fue así que Francisca Bengolea, vecina de la Villa de
La Carlota, hija del comandante, “en su
tierna edad” fue llevada en cautiverio, junto a dos de sus hermanos. Era el
riesgo de vivir en un escenario traumático. Su cautiverio era también una
probabilidad de suceder, es decir, estaba dentro del horizonte de posibilidades
consecuentes de la elección y estrategia familiar por la que habían optado los
Bengolea al trasladarse a vivir en la frontera.
En el libro de Linajes de la Gobernación de
Córdoba, Lascano Colodrero (1936) comenta que las autoridades y la familia
hicieron lo humanamente posible para obtener el rescate de los hijos de
Silverio Bengolea y que solamente se consiguió dar con el paradero de dos de
ellos, quedando Francisca en poder de los indígenas, a la que se daría por
muerta. Sin embargo, continúa diciendo este autor, pareciera que el atractivo de la niña había incidido en el ánimo
del cacique para guardarle en buen recaudo con el propósito de criarla y
casarla después con su hijo Curritipay, heredero del cacicazco, como
efectivamente sucedió años más tarde.
Francisca, en "tierra dentro", en convivencia
con los indios, tendría dos hijos con el indio Currutipay o Currigtipay, hijo
del principal cacique ranquel. Francisca de Bengolea fue de ese modo un punto de conexión que entrelazaba y vinculaba
ambos mundos aunque no necesariamente con consciencia de ello.
Posteriormente,
en el año 1796, el entonces gobernador intendente de Córdoba, Rafael Sobre
Monte, formalizó un tratado en la frontera de Córdoba con el cacique ranquel
Carripilúm representado por el cacique Chequelen o Llanquelén [13]. Para ello Francisca
tuvo una participación de mediadora entre las partes para la celebración del
tratado de paz entre españoles e indios.
Por ello, recibió recomendaciones por parte del
Marqués de Sobre Monte cuando este era Virrey del Río de la Plata. En 1804
Francisca se presentó ante el gobierno cordobés pidiendo reconocimiento por la
participación en el tratado celebrado, "por haver
ido yo distraida en traje de hombre a topar al casiq.e Chaquelen
quando vino a dar la paz y haver pasado a la capital en calidad de interpreta
para el tratado de dha paz”. [14]
En esa
ocasión, solicitó que se le “proporcione el poder sacar a mis dos hijos
qe tube en los indios ...” a través de las prácticas de regalías que se
realizaban, es decir que se “franqueen
algunos reales o del ramo de redención [de cautivas] o el de su mayor agrado p.a gratificar al citado casiq.e y de este
modo hacer su rescate”.
De regreso
al mundo "cristiano", Francisca cuenta la táctica practicada por el
cacique padre de sus hijos para retenerlos,
“... haviendo
conseguido el que ... currigtipay me trajese en septiembre pasado pa
verlo qe oy se halla en mi poder el varoncito he de merecer de la
piedad generosa de v.e. qe a fin de que me lo deje pues dentro de
quatro meses, q.e ellos disen lunas dijo vendra a llebarlo y qe
al mismo tiempo me traiga la niña”.
El
expediente iniciado por el pedido de Francisca fue a parar al Comandante de la
frontera, el que se negó a tomar medida alguna al respecto por considerar que
sus hijos no eran cautivos sino tenidos durante el matrimonio y que por lo
tanto le asistía todo derecho al padre de retenerlos a su lado. Expresa
Gorordo: “...hallo difícil el rescate que se solicita a cauza de no ser sus hijos
cautibos, como expone, sino tenidos de un indio con quien estuvo casada en los
toldos, cauza que motibará la maior recistencia y costo” [15].
El
comandante de la frontera de Córdoba, Simón Gorordo, Capitán de caballería de
ejército y teniente coronel de milicias había tratado la Paz con los caciques
ranqueles por orden de Sobre Monte para el sur de Córdoba. La paz se mantendría
con obsequios por parte de los hispanos-criollos y con la protección de la
frontera por parte del cacique fronterizo Cheglen sobre los movimientos de
otras parcialidades[16].
Este acuerdo les permitió a los hispano-criollos recuperar a otras mujeres
cautivas como el caso de Leonarda Espíndola que había convivido en las
tolderías de la pampas desde hacía más de 20 años[17].
Francisca Bengolea, víctima de trágicas luchas entre
mundos diferentes, protagonista de una alianza coyuntural, síntesis de
interacción entre los grupos, parece no obtener su pedido de madre. La estrategia de mantener el frágil pacto
acordado para la paz entre españoles e
hispano-criollos era más imprescindible que la solicitud de la "intérprete
de los indios".
Este pequeño fragmento, junto con otros que se puedan
ir sumando, nos pueden dar luz para conocer trayectorias de vida singulares en
un espacio de frontera, vidas vividas en la bisagra entre dos mundos
antagónicos.
De esta manera, la frontera comienza a ser reconocida
como un espacio social permeable al extremo, a la vez que un eslabón entre
mundos diferentes, imposibles quizás de conciliar por admisión mutua pero con
constantes eslabones. La frontera es vista así como testigo de las desventuras
de las mujeres cautivas que sirvieron de enlace entre los dos mundos, pero
también como refugio de marginales, castigo para los vagos y esperanza para los
atrevidos. A la frontera del Río
Cuarto, que nos ocupa, eran expulsados los elementos indeseables: “los muchos ociosos y malébolos... se
conduzcan a la frontera del Sauce”[18]
y enviadas las familias consideradas perniciosas. En ese espacio también se
incorporaba población india de más allá de la frontera: “india infiel de adentro”, “sacada de los Ynfieles, christianada”,
“Tránsita, india de tierra adentro infiel, aprende a rezar, para cristianarse”.[19]
Españolas cautivas e indias cautivas. Vidas arrancadas
de un lado y del otro de la frontera. Trayectorias de vida de enlace de mundos
antagónicos pero convivientes, eslabones necesarios para reconsiderar una
Historia Socio-cultural que de cuentas de una complejidad y trama que las
historias de legitimidad omiten rescatar.
En este caso la vida de Francisca Bengolea fue vía de entrada para
conocer un pedazo de vida partida entre dos mundos y que a la vez conformaron
su mundo: un mundo dual y contradictorio, restituible solo en parte, impronta
de vivir en la frontera.
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[1] Ver Aguirre Rojas (2000), también se ha consultado a Cardoso
y Vainfas (1997), entre otros.
[2] Georg Iggers.
(1998).
[3] Carbonari
(1998a, 1998b, 1999a).
[4] Las distintas
versiones teóricas e historiográficas sobre el concepto de Frontera fueron
abordadas en Carbonari (1999b).
[5] Fueron transcripto hasta el momento los censo de 1778,
1813, 1822 y 1840 y ordenados sobre una base de datos en el programa
Excel. Resultados parciales se
encuentran en Carbonari (2000), Miskovski (2001) y Gozzarino
(2002).
[6] Para el siglo XIX en la región de Río Cuarto, son
interesantes las historias de vida del Coronel Manuel Baigorria (1809-1875) con
la que se cuenta su propia autobiografía (Baigorria, 1977) y del denominado
"indio Felipe Rosas" (1850-1890)
(Sanchez, 2002).
[7] Archivo Histórico Provincia de Córdoba. (A.H.P.C.) Francisca.
Bengolea Bengolea interprete de los Indios pide se le auxilie con algún dinero
para el rescate de sus hijos cautivos. La Carlota. 1.1.1805. Tribunales.
Escribanía 4 Año 1805, Leg. 25 exp. 10. (Consultado también por Barrionuevo
Imposti, 1986: 88).
[8] La trayectoria de esta familia se inicia en América a fines
del siglo XVII en Perú, luego se traslada a Salta y posteriormente se instala
en Córdoba. Sus descendientes, en esta ciudad,
establecen alianzas matrimoniales con otras familias descendientes de
españoles (Lascano Colodrero, 1936-1969).
[9] Sus herederos acceden a tierras por compra al
convento de Santa Catalina de Siena
A.H.P.C. Registro Notarial Nro 1: Inventario 149, año 1750. Folio 115.
[10] En el año del empadronamiento censal contaba con 8 hijos,
era el mayor propietario de esclavos en la región. En su hogar habitaban
también 13 libres con vínculos con los
esclavos, más cuatro sobrinos a su cargo, es decir hermanos de Francisca y dos esclavos de sus sobrinos.
[11] Archivo
Municipal de Córdoba. (A.H.C.)
Actas Capitulares. Tomo 35
(30-VIII-1775 y 12-IX-1775), En Barrionuevo Imposti (1986:44).
[12] A.H.P.C.
Tribunales. Escribanía 1. Legajo 382, exp. 10.
En Grenón (1924: 57-58).
[13] Archivo Histórico de Mendoza (A.H.M) Epoca Colonial, Secc.
Gobierno, Carpeta 42, doc. 35. En Martha Bechis (2001:71). Ver también Barrionuevo Imposti (1986: 88).
[14] A.H.P.C. Francisca. Bengolea, interprete de los
Indios, pide se le auxilie con algún
dinero para el rescate de sus hijos cautivos. La Carlota. 1.1.1805. Tribunales.
Escribanía 4 Año 1805, Leg. 25 exp. 10. (Consultado también por Barrionuevo
Imposti, 1986: 88).
[15] A.H.P.C. Francisca Bengolea. Intérprete de los indios .....
[16] Los tratados de paz
continuaron al iniciar el siglo XIX y
las relaciones pacíficas hasta mediados
de la década de 1820 (Hurtado y Bertorello, 1998) así como las regalías (Lobos, 1979).
[17] Memorial elevado por Simón Gorordo al comandante de armas,
Santiago Alejo de Allende. A.G.N. Sección Gobierno, Intendencia de Córdoba,
1798-1799 IX-5-10-5. En Mariluz Urquijo (1987: 341).
[18] A.M. C. Acta. Capitular. Libro 35 (3-II-1775) Citado por Punta (1997: 216).
[19] A.H.P.C. Serie Gobierno Caja 18. Carpeta 7. Padrón censal
1778.