JUAN FILLOY - entrevista de Mónica Ambort

SOBRE SU OBRA

Optimus Filloy, Marechal y el Dr. Freud (Parte 2)

"...aunque sea una sola línea, pero ni un solo día sin escribir. Escribir es para mí un vice impuni."

–¿Los Ochoa fue lo primero que editaron en Macció?

–Sí. Es el primer libro de la "Saga de los Ochoa", una dinastía criolla que pertenece a la picaresca argentina. Son cuatro en total: éste, de presentación; La Potra, en el que interviene Quinto Ochoa; Sex Amor con Sixto o Sexto Ochoa y Decio Ochoa quien en realidad es Décimo, pero como se trataba de un hombre culto dijo: "Qué tanto jorobar con nombres numéricos como le han puesto a los otros", y se suprimió la "m". Tenían una grafía muy curiosa; ponían un ocho y al lado una letra a: 8A. Algo que yo extraje de un secretario de Juzgado de San Luis que firmaba así... Entonces para nombrar a todos los personajes utilicé nombres igualmente numéricos. En el primer libro figuran siete cuentos, uno de ellos El juído, que narra la historia de Proto Orosimbo Ochoa, el abuelo, el patriarca de la dinastía, un paisano de mediados del siglo pasado que estando en Río Cuarto tiene un diferendo con un oficial de la Comandancia y huye de la justicia. En griego, Proto quiere decir antecesor. Otro relato es el de Primo Ochoa, un gaucho chúcaro, grotesco, real, tomado de una estancia que supe conocer en las adyacencias de Alpa Corral. Es un paisano festivo, dice las cosas como son. Alegre, puteador, jodón en todo sentido. Sucio, como son los gauchos, que no se bañan jamás. Muchos afirman que don Primo 8A es el pendant cabal y verídico de don Segundo Sombra. Lo importante es que este libro revive la picaresca, genero muy abandonado en Argentina. Desde Payró no he visto autores de temas humorísticos concernientes a la vida rural. Es un libro de recia contextura española. En la madre patria abundan ejemplos de picaresca, lo que se explica por el temperamento étnico esencialmente alegre, dionisíaco, del español. El argentino es más bien tristón, concentrado Esto se debe precisamente a que nos falta la cohesión espiritual que tiene el pueblo de España, con dos mil años de estratificación.

–¿Y la historia de Sexto Ochoa?

–Es el más centrado de todos. Llega a ser dirigente de una empresa inmobiliaria de Buenos Aires y convive con una alemana en una unión muy ordenada, con mucha complacencia del padre de ella, un alemán sabio y grosero, como todos los alemanes, contento de que la hija se haya amurado con un criollo decente que la trata muy bien. La vida amorosa semi clandestina que hace ha repercutido en el rejuvenecimiento de la muchacha, que estaba mustia. El amor físico les ha resuelto la situación a ambos; no tuvieron noviazgo previo ni platonismo, llegaron a la convivencia sexual naturalmente. Se casan recién cuando nace el hijo y llevan una vida sexual absolutamente limpia, sin ningún erotismo que pueda denominarse pornografía. Hasta que a este hombre ya cuarentón la empresa lo envía a un congreso gremial a Estados Unidos. Allí, en los ratos libres, se encuentra con algunos amigos argentinos. Uno de ellos lo vincula con un periodista portorriqueño viciado en la vida más infame de Nueva York. Entonces el libro abandona la fase absolutamente alba de la relación conyugal y aborda otra, absolutamente negra, de abominaciones, que muestra la degeneración sexual norteamericana.

–El otro Ochoa, Decio, era un arribista

–Es un chico de extracción muy humilde. Lo abandonaron de bebé en un cajón, en La Gilda, donde lo recoge una familia que después tiene hijos. Pasado el tiempo, molestos por la inteligencia aguda de Décimo, superior a la de los hijos propios, prescinden de él. Esto sucede siempre, según mi experiencia judicial. Comienza entonces para el muchacho, una vida azarosa, que lo templa en esfuerzos y abnegación. A tal punto que culmina de propietario en la fábrica donde trabajaba; se queda con la empresa y con la mujer de quien era dueño. Se trata, pues, de un arribista plus cuan perfecto.

–¿Qué es Caterva?

–Un roman-fleuve de 550 páginas en la Edición Ferrari. Una novela magnífica que todos me piden que reedite. Es la historia de siete linyeras que han llegado a los últimos escalones de la vida moral y eventualmente se juntan bajo el puente de Río Cuarto. Uno había sido gerente de un banco de Praga, otro gerente del servicio criptográfico de Suiza, otro transformista teatral de fama y actuación en el mundo, uno un pobre francés vicioso, y, por distintas vicisitudes de la vida, tres más que han tenido que correr la coneja. Posiblemente este libro ha sido precursor de una novela de Steinbeck, Tortilla plat, del sesenta y tanto. Es el mismo tema.

–¿La Potra tuvo problemas de censura?.

–No, ya había pasado esa etapa de contralor ético. La prensa de Buenos Aires se hizo pacata con eufemismos y psicología monjiles allá por el '30 con El amante de lady Chaterley de Lawrence; la historia de una dama inglesa que se enamora de un guardabosque. La Potra tiene algunas semejanzas porque se trata también de una dama inglesa dueña de un establecimiento rural en Córdoba que se encamota con un muchacho domador. Pero la obra, limpia de taras, no fue vapuleada en el sentido moral.

–¿Y el segundo libro que le editaron en Macció?

–Ignitus, una tragedia moderna. Para mí, una obra redonda. Consiste en una modernización de la tragedia antigua; se vincula teatralmente a la manera griega, aunque en vez de intervenir el coro, es el relator quien cuenta lo que va sucediendo: el pánico que sufren los espectadores. Así se opera la catarsis, el procedimiento depurativo que implica el ejemplo de la tragedia.

–¿Podría representarse en un escenario?

–Podría. En Río Cuarto alguien me pidió autorización y la concedí. Es patética, tremenda. En Ignitus, que quiere decir "quemado", un hombre va a suicidarse a la casa de un amigo y para ello abre las llaves del gas. Su esposa y sus tres hijos lo buscan y cuando lo encuentran, el más chiquito al grito de "¡Acá está papá, acá está papá!", prende un fósforo y mueren los cinco. El chico es el asesino del padre. Una obra muy corta y muy representable.

–¿Existe correlación entre la fecha en que terminaba sus libros y el año en que los editaban?

–Claro. Mi plan era publicar uno por año y así llegamos a los siete en Macció, pero después del '43 me "ralearon" de la justicia y recién diez años más tarde cuando reingresé pude seguir editando.

–¿A usted también lo ralearon?

–Al subir Perón hicieron una limpieza en la justicia de Río Cuarto y yo fui uno de los pocos que quedó, porque no tenía antecedentes negativos; pero había un senador que creo que todavía vive... Gómez del Junco...

–Murió hace pocos años...

–...Quiso que interviniera en un juicio de un determinado modo, a lo que contesté: "Está equivocado senador, esas cosas no rigen conmigo, y por ello he permanecido en la justicia". Intervino entonces para que a los jueces que habíamos quedado se nos exigiera un nuevo acuerdo del Senado, un acuerdo que por supuesto se nos negó. En igual situación estaban también el presidente del Superior Tribunal, una personalidad en Derecho, el doctor Enrique Martínez Paz, y el juez Diógenes Ruiz, el mejor magistrado que he conocido en la justicia de Río Cuarto. Entonces me jubilé, mas al triunfar la "revolución libertadora" fue a quien primero llamaron. Así seguí siendo camarista hasta el año 1964.

–¿No le inquietó que los de la libertadora hubieran sido autores de un golpe de estado?

–No, porque al volver yo seguía con mi tradicional carrera en el Poder Judicial, respetado en mi inmovilidad constitucional.

–¿Qué hizo después de Ignutus?

–Viene Yo, yo y yo, siete monodiálogos de un personaje delirante, paranoico. En una oportunidad se va a las sierras porque estaba podrido de la ciudad, de la propaganda, del periodismo... pero allá van a jorobarlo los periodistas. Es muy gracioso por lo desaforado. Son siete relatos muy divertidos. En otro episodio el personaje protesta contra Walt Disney, un traficante del arte, de lo más canallesco a mi criterio. Yo y Walt Disney, se llama el monodiálogo, que ha sido publicado varias veces, la última en la revista Búsqueda, que dirigió Marcos Aguinis. En Yo y la madre patria, el delirante se ensaña contra España. Como papá, que era celta, vale decir, un gallego muy poco afecto a España. Nunca quiso volver. Huyó por las persecuciones de los carlistas... Iban por las aldeas y arreaban a todos los chicos mayores de 14 años. Para someterlos a una enseñanza militar lo más draconiana que usted pueda imaginarse, y luego servir de carne de cañón en reyertas dinásticas... El viejo huyó en un barco, no sé muy bien cómo, en 1870, por ahí... Contaba que fue en una embarcación de vela. Debe haber sido un mozalbete muy arisco y recio. Solía narrarnos que cuando había tormenta, se negaba a bajar a la sentina, lugar donde venían amontonados los inmigrantes; entonces lo ataban al palo de vela mayor para que no lo arrastrase el agua. Era muy bravo papá... Tenía un genio irascible, pero muy justo en todo... Muy buen viejo (las lágrimas le hacen perder la voz)... Los padres que he tenido... en fin... me emocionan siempre... por lo duros, por su falta de cariño ostentoso, su nobleza callada; sin la blandenguería que se usa ahora, que genera personajes débiles. A mi padre le debo eso... la fortaleza... el carácter...

–...

–(Se seca las lágrimas) Sigamos.

–¿Cuál fue el libro con el que más se demoró?

–Sex Amor. Con Decio también tardé mucho, porque a veces el argumento se tranca, entonces no hay nada mejor que dejarlo descansar. Sex Amor me parecía un libro blanco, que no tenía nada de espeluznante; le faltaba el condimento Filloy. Entonces le agregué ese informe que le comenté, sobre la sexualidad norteamericana, el Informe Epicuro-Kant. Allí incluyo a dos genios de la filosofía mundial; uno, Epicuro, el genio de la sensualidad. Otro, el de la abstención... Usted sabe que Kant era virgen, ¿no?

–La verdad que no. Quién hubiera dicho... ¿Qué está escribiendo ahora?

–Siempre, tres o cuatro libros de manera simultánea. Actualmente mucho cuento y mucha nouvelle, un cuento largo que participa de la idiosincrasia de la novela con algunos de sus elementos típicos como descripciones paisajísticas y caracterológicas, etcétera... El cuento es lineal, dibujístico. La nouvelle es pictórica.

–¿Qué le falta para ser novela? ¿Extensión?

–Sí...

–Nouvelles... como las de su libro Tal cual...

–Claro. Esas son siete nouvelles de 30 páginas cada una. Una imprenta de Buenos Aires que se llama Puntosur me lo iba a reeditar junto con Vil &Vil y Op Oloop, en condiciones decentes. Me hicieron hasta un anticipo. Después no sé qué pasó. Se habrán fundido.

–Efectivamente. Cuénteme la historia de Cyra López Roux, la protagonista de una de sus nouvelles más recientes.

–Esta mujer es una viuda que renuncia al amor de un hombre, se inmola, porque no quiere abandonar a su hija espástica. Irene, la jovencita, fue para ella y para el esposo un verdadero martirio. Eso lo sé porque conozco en Córdoba a la familia de un hombre de ciencia que tiene una chica espástica. Es una víctima sumisa que acusa permanentemente a los padres, aunque ellos no tengan nada que ver. Por eso esta señora dice, "yo no podría olvidar con el amor toda la mirada de esta chica". Si ella fuera una tilinga hubiera aceptado la relación, se hubiera muerto de risa de la espástica.

–Parece un final moralizante. ¿No se jacta de escandalizar con sus libros?

–Sí, pero esta nouvelle es con enseñanza: la renuncia de la mujer y el gasto de filantropía del candidato que dona un cheque de 5.000 dólares a la entidad de beneficencia a la que asistía la madre de Irene. El decide por la filantropía en vez de la caridad, porque con ésta, de origen cristiano, se ayuda un solo caso, mientras que la filantropía es plural: ayuda a todos por igual, por "ser amigo del hombre". Por eso, los servicios sociales de los sindicatos constituyen obras de solidaridad social, de altruismo general; mientras que la caridad es singular y piadosa. Cede ante un caso patético, no ante desgracias y miserias colectivas.

–¿Con los años no se ha vuelto puritano?

–Para nada. La mía es una edad extrasexual, pero la nostalgia se mantiene pura. Si el cuento viene procaz, lo hago procaz.

–A todo esto... nunca ha dejado de escribir a mano.

–Nunca, porque los dedos son los extremos terminales de un impulso nervioso que viene del cerebro. Prefiero la escritura manual; es más estilística, más refinada. Con la máquina, expeditiva y diáfana, si bien es cierto, todo se agiliza, el estilo se vuelve más seco y pobre. Por eso yo hago primero mis manuscritos y recién entonces los transcribo.

–¿Y todavía se mantiene fiel a su premisa de no dejar de escribir ni un solo día?

–Ah... claro... aunque sea una sola línea, pero ni un solo día sin escribir. Escribir es para mí un vice impuni.

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