JUAN FILLOY - entrevista de Mónica Ambort

SOBRE SU OBRA

Optimus Filloy, Marechal y el Dr. Freud (Parte 1)

"...aunque sea una sola línea, pero ni un solo día sin escribir. Escribir es para mí un vice impuni."

-Volvamos a sus libros. Además de una esposa, ¿qué otros réditos obtuvo con Periplo?

–En Buenos Aires causó sensación; sorprendió por su calidad a mucha gente. El director del suplemento literario de La Nación, nada menos que Enrique Méndez Calzada, uno de los literatos más finos que ha tenido el país, le dedicó dos columnas. César Tiempo, Juan Pinto y el crítico José Emilio Soto, también le dispensaron amplios comentarios. Aníbal Ponce, uno de los valores más serios que tuvo la Argentina, opinó que se abría una perspectiva nueva en la literatura nacional. Ya le conté: Leónidas Barletta se entusiasmó tanto que dijo, "por fin apareció en Argentina un escritor de tipo europeo". Todo esto me abonó un camino muy generoso, aunque mis libros eran hechos en ediciones privadas y exclusivamente dedicados a personas que yo conocía como buenos lectores. Creo que mi poca resonancia masiva ha estado en eso; nunca hice servicio de prensa, ni visité jamás una redacción porteña.

–Pero a otros libros suyos, Bernardo Verbitsky los editó en Paidós.

–Ah... Pero eso vino después.

–¿Influyó su experiencia de funcionario judicial en la forma en que fue seleccionando sus personajes?

–Mucho. Mi primera novela, Estafen, que escribí después de Periplo, trata de un estafador habilísimo que cae bajo nuestra jurisdicción: hombre sutil, sagaz, mucho más rico de simpatía que el estafador descripto por Thomas Mann...

–Desde la marginalidad, algunos de sus personajes aparecen censurando y poniendo en evidencia las lacras de la sociedad, ¿no?

–Evidentemente. Una novela es siempre un ideograma, vale decir, una visión, no del personaje protagónico, sino de todo el entorno. De modo que, quiera o no, al pintar al delincuente usted pinta a la sociedad, a los carceleros, a las víctimas y a la conciencia inicua del mundo. El escritor, se ha dicho, es un notario de la actualidad. Nada debe escapar a su percepción. Todo debe ser medido y juzgado. La novela, –etopeya burguesa según la definiciones el mejor medio para ello. Yo nunca he soslayado al ethos, al eros y al epos...

–Usted suele afirmar que la principal misión de quien escribe es hacerlo bien...

–Eso dice Koremblit... "el único deber que tengo es escribir bien", cosa que no practica muy a menudo (lanza una carcajada).

–¿Lo decimos públicamente?

–No (y sigue riendo).

–De acuerdo a lo que señalaba recién, ¿se trataría, además de escribir bien, de hacerlo desde una moral, desde una ética?

–Mire. Cada escritor tiene una moral. Que coincida o no con la generalidad es cosa aparte. Si la vocación es auténtica, cada escritor tiene un compromiso. El principal es consigo mismo: de ser veraz, certero en sus apreciaciones, en sus juicios; leal en su visión del mundo colectivo. Ahora, "escritor comprometido" como lo entienden los hombres de izquierda, es un escritor que está comprometido pura y exclusivamente con la exaltación de sus motivos ideológicos. Yo soy un hombre de izquierda, pero no acólito ni líder, y no tengo por qué constituirme en difusor sistemático de las ideas que profeso. El literato no tiene por qué sujetarse a disciplina o coerción de tal naturaleza. Las ideas se las dejo a los fanáticos, a los políticos, a los sociólogos, que viven y lucran con ellas...

–Si el escritor debe ser veraz, certero en sus apreciaciones, ¿entonces la literatura no es ficción?

–Generalmente, es ficción. Todas mis novelas, cuentos y nouvelles, son creaciones mentales, pero aprovechando los datos de la realidad circundante. Y también mi experiencia, que no es otra cosa que realidad interior. En qué estábamos...

–Hablaba de Estafen.

–Sí. Resultó un libro muy gustado. Los críticos señalaron que era la primera vez que un escritor empleaba el vocabulario sin ningún eufemismo, sin ninguna limitación a su libertad literaria. Le digo, al tema del estafador lo utilizó unos años más tarde, en el cuarenta y tantos, nada menos que Thomas Mann, pero en una obra que carece de gracia; quedé defraudado, luego del encandilamiento que me había producido La montaña mágica. Donde Estafen cayó mal fue en Río Cuarto, porque mucha gente se sintió aludida, ya que en ese libro pintaba escorzos de la justicia local. Tuve varios problemas. Es que cometí la indelicadeza (se ríe) de dejarme muy bien a mí mismo. Un juez me encaró y me espetó: "Muy linda la novela; pero me has hecho quedar como la mona, mientras vos te pintás bien".

–No era justo. No trataba a todos igual.

–Claro que no, porque si fuera justo no habría novela. No se puede hacer una novela con buenos sentimientos y personas correctas. Con una dama venerable no se puede; pero con una fulana de vida múltiple usted puede armar una novela interesante. La honestidad es aburrida. ¿Quiere una cosa más aburrida que una matrona virtuosa, que no ha hecho más que ir a la iglesia y enderezar a sus hijos hacia la religión, llevándolos de la nariz al templo?

–Estafen significó entonces una innovación...

–Claro. Era un derrotero diferente a Periplo, que había sido un muestrario de finura literaria. Con este otro empieza una prosa típica de novela, de mayor crudeza. Una innovación que se acentúa con Balumba, un libro con poemas coprolálicos, crudos; un libro muy heterodoxo, lleno de opiniones contrarias a la generalidad, que causó verdadero asombro . En la revista Claridad me hicieron un elogio tremendo, pero otras, pudorosas, no quisieron comentarlo. En un hogar vecino, Balumba fue quemado por contener capítulos como Libidine, de temas prostibularios, escrito con las crudezas típicas del prostíbulo. Son cinco elegías, y como entre ellas hay una a mi madre, el doctor Alfredo Colmo, un profesor eminente de Buenos Aires que tenía cierta confianza conmigo, me recriminó haberla incluido entre tanta crudeza. Le contesté que cuando uno construye una casa no hace solamente la sala de espejos, sillones y alfombras, sino también una cocina, una despensa, un cuarto de baño con artefactos que no necesito mencionar. Colmo no me respondió. Había comprendido el sentido integral del volumen. El ser humano no es sólo fachada. Las funciones más innobles –digerir, evacuar, etcétera– rechazan esas pudibundeces de monja. Balumba es un libro vitalmente totalizador. En las revistas de izquierda fue un manjar...

–¿Por las groserías?

–Sí. Por estas cosas sintonicé con Boedo.

–Ah... ¿recuerda la polémica entre Boedo y Florida?

–Por supuesto... Por lo pronto soy de los pocos que guardó la colección completa de la revista Martín Fierro, que dirigía un amigo, Evar Méndez. A mí me gustaban los dos grupos.

–Allí se planteaba la discusión acerca del compromiso del escritor...

–Sí. El grupo de Boedo era un grupo popular, que dirigían Elías Castelnuovo y Leónidas Barletta. Hacían literatura popular y tenían la revista Campana de Palo, con temas proletarios, obreros, contestatarios. Los otros eran un grupo refinado, snob, que estaba al tanto de la literatura europea. Yo no he tenido militancia en ninguno, pero tenía amigos en ambos. En cuanto a las calidades estéticas era más nutrido Florida, pero Boedo, dentro de su ángulo de acción era un grupo muy positivo. Entre los dos forjaron una literatura de gran mérito que después ha enraizado en la tradición argentina. En Boedo había figuras como Olivari, Barletta, Castelnuovo... figuras de rigurosa actualidad. En el otro estaba Borges... por más que Borges era un hombre ambiguo, que no ha sido muy tirano con sus ideas; no trataba de imponerse, más bien de ser coincidente.

–En un diálogo con Ernesto Sábato, Borges se ríe y recuerda, acerca de Boedo y Florida, que "pensar que fue una broma de Roberto Mariani y Ernesto Palacio, y ahora lo estudian los profesores de literatura"...

–Sí... entre ellos se chichoneaban, se hacían bromas, epigramas. Conozco algunos epigramas muy lindos de Nalé Roxlo... Fueron movimientos en pendant.

–¿Piensa que aquella polémica todavía tiene vigencia?

–No, en absoluto, aunque ahora hay autores populistas y está lleno de escritores estetizantes, por no decir aristocratizantes. Yo mismo me considero un escritor estetizante, pero sin renunciar a lo popular ni mucho menos.

–Bueno, sigamos con los libros. ¿Después de Balumba?

–Aquende, un libro muy poético, que todo el mundo me clama reimprimir. En lo básico, encubre un brulote contra la historia argentina. Está estructurado musicalmente: un intermezzo, dos interludios y cuatro suites... Eso –y sus connotaciones técnicas– me costó mucho trabajo. Lo más importante es el intermezzo, llamado Los entregadores. En 55 páginas echo un rápido vistazo sobre la historia argentina, contradiciendo a la historia oficial. Cuento que Moreno fue envenenado, que es la pura verdad, y a Rosas le hago una pequeña exaltación debido a que mi padre fue muy rosista; tenía opiniones de personas que lo habían conocido. Mire el caso de Fidel López: vivía exiliado en Montevideo por ser opositor al dictador, y allá recibía el dinero que le enviaba su padre, el autor del Himno Nacional, ¡casi un amanuense de Rosas!. Mucha gente dice que Aquende es mi mejor libro porque se trata de una especie de geografía literaria del país. Un amigo periodista me ha escrito recientemente desde Buenos Aires contándome que allá circulan ediciones clandestinas de Aquende y de Balumba. Claro, el editor pirata especula con el éxito del brulote a la historia patria y la resonancia de mis poemas escatológicos. Hago votos porque prospere en su trapacería.

–Publicó Aquende en 1935, pero Op Oloop es del '34. Hablemos de él. Siempre dice que todos sus personajes son mentales, pero sea sincero don Juan: Optimus Oloop, ¿no es usted?

–(Ríe muchísimo) Claro, en un ochenta por ciento Op Oloop es Juan Filloy. Yo he sido siempre muy ordenado. He comprobado cómo la falta de organización destruye la personalidad de la gente; pero también como con el exceso se incurre en anomalías y paroxismos contraproducentes. Es lo que le pasó a Optimus, un estadígrafo tan meticuloso que llevaba estadística de todo, con una obsesión de locura sistemaníaca. Contabilizaba todo; registraba hasta sus coitos, con profesión morbosa. Yo venía estudiando este fenómeno. Como anoto lo que me interesa para después dedicarme al tema, Op Oloop surgió de una línea: "ocuparse de un hombre sumamente metódico que resulta víctima de su corrección". Así empecé a desarrollar un personaje que tenía mis costumbres.

–¿Usted llevaba una estadística de su performance sexual?

–Yo no... (vuelve a reír). Pero Optimus las prontuariaba pulcramente con el nombre, con sus descripciones... Era sumamente rígido, de magníficas costumbres. El contacto con las mujeres, amén de una obligación biológica para él, constituía un mecanismo vital. Por eso, cuando entra el amor, ese elemento puro, no metódico, lo desequilibra. Esa es la tesis en Op Oloop. Da la casualidad que coincide el descalabro al festejar su...su...

–Su coito número mil. Convida a los amigos con un banquete para celebrarlo.

–Eso. Ese día tiene un diálogo telestésico con Franziska, su amada, una mujer muy fina, que atraviesa un período psicopático, que es el menstrual. Esa característica la conozco por mi mujer... ya casados.

–¿Psicopático? ¿Usted dice que las mujeres nos ponemos un poco locas cuando menstruamos?

–Sí, sí, sí... Un estado no propiamente de locura ni demencia, pero un estado psicopático; cierto nerviosismo. Psicopático no quiere decir loco. Irritables, se ponen.

–¿Cómo fue el mentado episodio con Sigmund Freud?

–El tenía su residencia en Viena y desde aquí le mandé Op Oloop, pensando que por su temática freudiana le podía interesar. Mi sorpresa fue cuando a los tres o cuatro meses –en aquel tiempo la correspondencia viajaba por vapor– recibí una carta lacónica, que para mí resultó lo suficientemente halagüeña, en la que me decía: "He leído su libro con mucho gusto y apreciado la índole de su tema. Saludos, felicitaciones". Eso ocurrió antes de que Hitler anunciara la anexión de Austria. Entonces Freud se escabulló porque temía que le pasara lo mismo que a su gran colega Magnus Hirsfeld, el director del Instituto de Sexología de Berlín, a quien la Gestapo le destruyó 250 mil historias clínicas de sus pacientes. Quemaron el establecimiento, y él no sé qué vicisitudes pasó. Por eso Freud se instaló en Londres. Más tarde, respondiendo a mi congratulación cuando cumplió 80 años, tuve el agrado de recibir otra tarjeta suya. Un periodista de la revista Gente que había ido a hacerme una entrevista, cuando me levanté para ir al baño, en un repeluz me la sustrajo. A la primera carta, que estaba hecha en papel de receta de Freud, me la pidió el doctor Conrado Ferrer, antiguo vecino de Río Cuarto, profesor de Medicina Legal en Córdoba. Quería exhibirla entre el elenco de profesionales que integraba el neuropsiquiátrico Open Door de Oliva. A todos impresionó la enérgica grafía de la carta de un líder mundial como Freud; pero, para mi desgracia, Ferrer murió en 1941, y no logré recuperarla.

–Al inventar a Optimus Oloop, ¿ya había leído a Freud?

–Ah, claro, pero su concepción escapa a su influencia. Ya le he mostrado a usted la biblioteca central con obras que atañían a la psicopatología delictual. En razón de mi rol de fiscal de cámara, yo tenía una versación psiquiátrica, no propiamente freudiana. Por cierto, estaba al tanto de las anticipaciones de Freud.

–Op Oloop fue editado en Buenos Aires...

–Si, en una edición privada, por Ferrari Hermanos. Pero fracasé al intentar la pública. Yo deseaba aprovechar una editorial muy prestigiosa, la Imprenta López, donde se editaba la revista Sur, en Perú 666. Mas, en la década del treinta, había en Buenos Aires un intendente gazmoño, que había hecho limpieza en los quioscos sacando todo lo presuntamente pornográfico o crudo. Solicitado el placet, su oficina de "policía moral", dijo: "No. Le confiscamos la edición ni bien aparezca". Mucho después, cuando ese espíritu pacato, monacal, había desaparecido, pudo editarlo Paidós. Así lanzaron Op Oloop, ¡Estafen! y La Potra. Por esas tres novelas, 18.000 libros legalmente contratados, yo debería haber cobrado derechos de autor. Pero hasta ahora, mi única ganancia económica han sido 90 pesos... Los escritores entregamos manuscritos, ingenuamente, y a todos nos pasan al patio olímpicamente. Por eso en la SADE, yo propugné por varios arbitrios; entre ellos, el autor debería estar presente cuando se hacen los tirajes. Para certificar la cantidad, y evitar latrocinios.

–¿Qué pasó con el banquete de su Optimus Oloop y el de Severo Arcangelo, de Marechal? ¿Es verdad, o sólo historia popular que después de escrito, usted le envió los originales y...

–No es cierto. No lo conozco a Marechal. Sé la historia circulante, de que él se ha inspirado en el banquete de Op Oloop para hacer el de Severo. He oído eso de mucha gente; pero no me consta ni puedo calificar actos incorrectos a nadie y menos a un escritor. No es propiamente el mismo banquete... El de Optimus es tan señorial, hecho por un tipo de gran mundo, de alta categoría intelectual. Basta ver su menú en el Plaza Hotel, y la adición que paga. El otro es mucho más sencillo, y no tiene la implicancia de éste.

–Cuando escribió este libro ya estaba casado, ¿no?

–Si. Con Paulina se dieron cosas interesantes. Nunca interfirió en mis escritos; la literatura es un vicio secreto para mí, de modo que ella no tenía ingerencia; pero al ver las publicaciones se horrorizaba. "Cómo has publicado esto", me decía. "Lo hago porque son mis convicciones, mi verdad literaria". Cuando iba a editar Balumba, como conocía los poemas me pidió que en el prólogo pusiera esta acotación –Antes de la era de ella". Yo me casé con Paulina a los 39 años y esos poemas eran anteriores. Después no me pidió más nada; veía que era algo indefendible. Aunque en una oportunidad insistió: "Por qué no hacés una cosa fina, delicada; siempre haciendo de escritor violento, sensual..."

–Le dio el gusto y escribió Finesse...

–Exactamente. Un volumen del cual Fermín Estrella Gutiérrez opinó que era "un libro millonario", porque está compuesto por 140 baladas, a cuál más delicada. Tal vez es el más poético de todos mis libros, repuntando la balada como un poema en prosa. Cada capítulo, nueve en total, lleva el nombre en griego de una musa; tiene un lenguaje muy musical. Está dedicado a Paulina. Muy bien impreso por la imprenta Ferrari de Buenos Aires, que también editó los siete primeros volúmenes de mi edicta amicorum. Los hermanos Ferrari, que estaban cerca del Once, me interpretaban con tanta exactitud que yo mandaba los originales y jamás debí ir a Buenos Aires a ocuparme de esto. Tuve igual suerte en Río Cuarto, cuando empecé a trabajar con la Imprenta Macció y encontré un regente realmente entendido en materia bibliográfica, Armando Barchiesi.

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